Todavía aguantaron las peñas el tipo hasta los años setenta. En una época en que alguno acabó ante el Tribunal de Orden Público por criticar el precio de la leche las inocentes críticas de tema municipal en las pancartas de las peñas no resultaban tan inocentes, y sus cánticos, su desmadre y su insolencia –favorecidos por el monopolio sobre los tendidos de sol- eran un desafío al sistema. Pero después las peñas se enredaron en tendencias políticas que no eran mayoritarias en Pamplona –lejos quedaba la visita del ministro Fraga en 1964, cuando las peñas le obsequiaron una placa con la imagen de San Fermín-, la provocación en sí misma perdió su gracia porque había menos cosas prohibidas, y perdieron parte de su público.
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Y tiene gracia lo de “mozos de las peñas”. Antaño había renovación generacional; los mozos se hacían adultos, sentaban la cabeza, dejaban de bailar bajo la pancarta y se hacían con abono de sombra –o apartamento en Salou-. Juraban eterna fidelidad a la peña, pero dejaban de ser miembros activos. Hoy la adolescencia se prolonga hasta los treinta años y la juventud vete a saber hasta cuando; la crisis de los cuarenta ya no consiste en abandonar a la mujer y a los hijos tras quince años de matrimonio para perseguir jovencitas, sino en recibir el ultimátum tras quince años de noviazgo; y como un abono de sombra es inalcanzable –la Meca tiene vendido todo el aforo de la plaza de aquí a la eternidad- hay “mozos” que llevan treinta años aferrados a la misma localidad de sol. Y las “mozas” que con toda justicia exigieron incorporarse a la fiesta contribuyeron a bloquear el acceso de las generaciones siguientes. Si otrora la aspiración de cualquier mozo pamplonés fue pertenecer a una peña, para la mayoría de jóvenes crecidos jugando con la playstation la idea de ir a los toros tocando el bombo con la peña resulta remota, poco menos que una curiosidad etnográfica
Charo









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